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martes, 23 de octubre de 2012

LA VIDA MIENTRAS TANTO





¿Cuántas veces, alguno de nosotros, no hemos estropeado algo por no callar a tiempo?. Eso es lo que constantemente hace el protagonista de La Adolescencia de Basil Duke Lee, de Francis Scott Fitzgerald (Saint Paul, Minnesota, 1896 – Hollywood, 1940). Aunque, como en todo relato iniciático, la multitud de detalles que vagan por el texto son, a la postre, lo verdaderamente importante, y todo, con esa elegancia literaria que caracteriza a Francis Scott Fitzgerald. La historia nos lleva desde que el protagonista, Basil Duke Lee, tiene once años, hasta los diecisiete. A través de hechos aparentemente intrascendentes, Scott Fitzgerald nos sumerge en el mundo interior de Basil, en sus flirteos con las lecturas, en su torpeza con las chicas, fruto, no obstante, de su desesperada obsesión por agradar, por parecer resuelto.





El texto, lleno de matices, nos sumerge en el mundo adolescente sin aspavientos innecesarios, con la sutileza de quien sabe a la perfección sobre qué escribe, y lo hace desde el convencimiento de que aquello que cuenta, en el fondo, no guarda demasiada distancia con uno mismo. Un libro mayúsculo, escrito por entregas como necesidad, pero que da como resultado un texto lleno de humanidad, a veces violento en sus determinaciones, lleno de susurros literarios, enseñándonos el abismo, poniéndonos al borde de un precipicio al que nosotros, y únicamente nosotros, debemos encontrarle el sentido último.