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sábado, 29 de septiembre de 2012

ESCENARIOS COMUNES




Con un sentido profundo y estético de la poesía, Inma Arrabal Cano (Jerez de la Frontera) recorre unos escenarios existenciales batallando con el propio verso, de esa forma en que la realidad es vista pos los poetas. Los paisajes habitados, el pretérito dolor, o remembranzas de noches de tormenta, son los cauces por donde Inma Arrabal hace navegar su escritura. Desde aquí se ve lejano el Sur, comienza uno de sus poemas. Lejano en el espejo de la cotidianeidad, pero no por ello olvidados en la palabra de la poeta. Un tiempo en que Las horas se tendían hacia el alba, en que La emoción cosquilleaba mis párpados, un tiempo, en definitiva, vivo aún en la memoria, en ese lugar que Inma Arrabal, de forma privilegiada, hurga con el acierto imprescindible para decir Y ahora quiero recordar lo que viví.
Sin caer en artificiosos sentimentalismos, no huyen estos versos del dolor, Minetras allí, en mi tierra / las palmas siguen blancas, / verdes las ramas del olivo, […], Aquí te dejo las penas. Ni huyen del presente, de la vida que entra por las sombras, bien al contrario, asienta con firmeza los pies en la realidad para, desde ella, decir, Y yo, sobreviviendo en este agujero / de tela enmarañada, / procuro mantener con vida el recuero / y lo disfrazo de melancolía.





La poesía exige, para entrar en la tierra de la infancia, la imperturbabilidad necesaria para ser fiel con uno mismo. Eso hace, de forma bella y lírica, Inma Arrabal, y disuelve las penas y alegrías con un latido poético que convierte en literatura, en una geometría exacta del compromiso con ese rincón de la memoria donde todos guardamos nuestra historia, azoteas de luz tamizada, ausencias, cangilones de vida y algún que otro sonrojo. Una tierra por la que entramos de la mano de Inma Arrabal, ¡Cuántas veces entré por la abierta cancela, / sin tocas la campanilla, zaguán adelante, / hasta el patio grande de la casa…!.

jueves, 27 de septiembre de 2012

HAGAN SUS APUESTAS




A veces uno va postergando la lectura de una novela por el mero hecho de retrasar el placer, el hondo poso de literatura que algunos textos nos dejan. Eso me ha pasado con El Jugador, novela de Fiódor Dostoyevski (Moscú 1821 – San Petersburgo 1881). Una novela con tintes autobiográficos donde se relata la adicción al juego, con la narración cruda de Dostoyevski y su falta de concesiones a la artificiosidad  literaria.
Las condiciones personales bajo las que fue escrita esta novela no deja de resultar sorprendentes. Acuciado por las deudas (de juego, claro), Dostoyevski debía cumplir con un contrato firmado tiempo atrás donde se comprometió a la entrega de un original a su editor, Stellovski. Así, en poco más de una semana, Dostoyevski tenía terminada esta novela. Por más que el genio de Dostoyevski esté fuera de toda duda, no debemos caer en la falsa consideración de pensar que todo fue así de fácil. Dostoyevski tenía la novela en la cabeza desde hacía años, una novela que tratara el tema del juego, de su adicción, del vicio incontrolable de sentarse ante una mesa de ruleta, una suerte de expiación, de terapia sobre su propia ruina.





Alexei Ivanovich es algo así como un profesor particular encargado de la educación de los hijos de un general ruso. Adicto al juego, a veces acepta el encargo de jugar para otros, de manejar las apuestas que, como ríos de un caudal inagotable, otros ponen en sus manos. En la ciudad (creada por Dostoyevski) de Ruletenburgo, además del juego se nos relata la vida de esos rusos que viajaban por Europa, sus costumbres, las falsedades de los amores, los intereses creados, no en vano, el general y toda su cohorte esperan ansiosos la muerte de la abuela para heredar.
Un texto, en definitiva, cargado de ese realismo crudo de Dostoyevski, con su magistral forma de presentarnos los hechos, la historia, sin más ambages que la objetividad. Tantas cosas se han dicho sobre la novela y su autor, que únicamente me queda recomendar encarecidamente su lectura.

jueves, 20 de septiembre de 2012

ENVUÉLVALO PARA LLEVAR




A Enrique Vila-Matas (Barcelona 1948) lo voy leyendo en distintas direcciones. A cada nueva entrega, le hago un guiño a alguna de sus entregas anteriores. En Historia abreviada de la literatura portátil se cuenta la creación, desarrollo y posterior desaparición de la sociedad secreta de los Shandys (personaje de la novela de Laurence Sterne), o de los portátiles, de la que formaron parte, más o menos activa, artistas como Duchamp, Scott Fitzgerald, Walter Benjamin, César Vallejo, Rita Malú, Valery Larbaud, Pola Negri, Berta Bocado, Alberto Savinio o Georgia O’Keefe. Esta obra, una de las más celebradas del autor, es un punto de inflexión en su escritura, si tenemos en cuenta que celebra la literatura como un todo que engloba ese aspecto casi místico de viajar en (y con) los libros.
El aspecto fundamental de los shandys ha de ser que la obra sea transportable, es decir, breve, casi efímera, bosquejos, trazas de literatura portátil. Tocados con algo de locura, insolentes y rígidos en su arte, un rasgo los caracteriza por encima de todos: la soltería, como una especie de inatadura literaria imprescindible.





Vila-Matas escribe un texto casi perfecto, al que dota de verosimilitud con esa capacidad creativa que lo caracteriza. Su escritura fluida, lúcida, casi transparente, original y provocadora casi siempre, parte de la evolución, o, para darle un toque más a lo Vila-Matas, de su autoevolución dentro de la literatura, de su propia literatura, que es ya, por sí misma, un pasajero de sus propios libros.
Otras consideraciones aparte, Enrique Vila-Matas es uno de nuestros grandes escritores, un escritor que traspasa las fronteras de la literatura para convertirse, él mismo y sus textos, en parte fundamental de su escritura, en un fundamento mismo de quien escribe desde ese lado salvaje y clarividente de las letras.



lunes, 17 de septiembre de 2012

GENIAL, POR DESCONTADO




Varios años después de su muerte, Tess Galagher, su viuda, encuentra y publica una serie de relatos bajo el titulo Si me necesitas, llámame, de Raymond Carver (Clatskanie, Oregón, 1938 – Port Angeles, Washington, 1988). Una serie de cinco relatos perturbadores, como lo son todos los de Carver, donde parece que nunca ocurre nada, pero donde, por el contrario, se encuentra esa literatura casi subterránea, inmisericorde con el ser humano, insensible a veces y corrosiva siempre. En los relatos de Carver, como en una expiación de su propia vida, hay alcohólicos, hombres que se alejan para empezar de cero, nuevas esperanzas no siempre adivinadas, y una continua espera del porvenir.
Mucho se ha dicho y escrito sobre Raymod Carver pero, a la postre, lo que nos interesa es su legado literario, ese escueto resumen de vidas que es su escritura, esa casi monotonía de sus relatos que nos asalta desde los desencuentros, desde la reconstrucción pasiva de unos personajes a los que trata como tal vez se trató él mismo.
Tal igual que el alcohol, que inunda su obra de tragos anochecidos y en apariencia reconstituyentes, otra constante recorre estos relatos: la madera, probablemente como transposición del padre alcohólico que trabajó en un aserradero.





Fantasmas, perdedores, alcohol y habitaciones impertinentes componen su universo creativo con esa luminosidad de lo mínimo que Carver crea desde la inmisericordia de una agilidad escritora sin consideraciones a lo innecesario. Pero no caigamos en la trampa. Debajo de esa lúcida sencillez, tras ese poso melancólico y triste, Raymond Carver crea siempre algo apasionante, estéticamente bello y poético, con una mansedumbre que es a veces el reflejo de esa escritura intensa y completa  que trasciende al papel donde está, como en espejo, reflejada. 


jueves, 13 de septiembre de 2012

PRISIONEROS DEL PARAÍSO



Es esta una obra que emociona y conmociona. Su crudeza no está reñida con la innegable calidad literaria de un texto que tiene un lugar privilegiado en la literatura de nuestro país. Juan Goytisolo (Barcelona, 1931), plasmó una de las más bellas, emotivas y crueles estampas de la guerra civil española, Duelo en el Paraíso. Anónima quizás, pero de ahí precisamente, de ese anonimato del que surge la historia, surge también la inmisericordia de lo narrado.
Un grupo de niños huérfanos, refugiados de la guerra civil, convive en una finca del pirineo catalán, El Paraíso. Como en un juego infantil, esos niños emulan la guerra que ven y padecen, las batallas, los escarceos guerrilleros de los mayores, tan a conciencia, tan metidos en el conflicto, que terminan dando muerte a un niño vecino, Abel Sorzano.






Con una prosa magistral y elegante, Juan Goytisolo va reconstruyendo la vida del niño Abel Sorzano, su llegada al pueblo, la relación con su tía moribunda y malhumorada y con su prima enamoradiza, con la guerra y los demás niños. Una novela, en definitiva, llena de matices, de sensacional literatura, un texto que muestra la altura literaria de Juan Goytisolo a sus 23 años (edad con la que escribió la novela), y hoy desgraciadamente sólo encontrable en librerías de viejo, lo que tendría que hacer reflexionar al gremio editor.
A pesar del tiempo, la novela está de total actualidad, por el tema, pero, sobre todo, porque los sentimientos no caducan, porque seguimos con el odio enquistado, con la revancha tiritando de rabia, y eso, aunque no lo parezca, es también literatura, que, en la pluma de Juan Goytisolo, trasciende de las páginas, del texto y de la vida para convertirse en magistral relato. 

miércoles, 12 de septiembre de 2012

DIGNIDAD




Gonzalo Hidalgo Bayal (Higuera de Albalat, Cáceres, 1950) siempre me deja con ganas de más. De más literatura grande, de su narrar sostenido e intenso, porque Hidalgo Bayal es uno de los autores que mejor escriben en este país. En Campo de Amapolas Blancas, echa mano de la memoria, con esa forma prodigiosa y letal que tiene de presentarnos las historias, el tiempo, los cines y los viajes, los amores iniciaticos, en fin, la vida misma, bajo su prisma particular y estético.
La narración nos traslada a los años sesenta y a su relación con H (letra muda), del que no sabemos su nombre y, por eso mismo, es la focalización literaria de todos los descubrimientos juveniles, de las ansias infinitas de libertad. El tiempo los distancia, los aleja como a dos gotas de lluvia que cayeran en países diferentes, tan similares en su lejanía, en ese París bullicioso y efervescente que los dos descubren con la nostalgia de saberlo efímero. Un paseo, una silueta avejentada y triste, encorvada por los años y las desgracias, es el punto de donde parte el resorte que activa la memoria.



No hay en su escritura autocomplacencia ni idealización (ni de la juventud, ni de la libertad o liberación), no se deja llevar por el caudal inmenso de los recuerdos, ni cae en falsos artificios novelísticos. Es, por el contrario, la contención de su decir, la meticulosa precisión de sus palabras, lo que atrapa, lo que nos deja ante el bullir de lo que cuenta como una necesidad de seguir los pasos de tanta exactitud literaria.
Hace bien Hidalgo Bayal en seguir siendo un escritor independiente (ya saben a lo que me refiero), justo y apasionado, con una enorme dignidad hacia su propia literatura. Está en lado más limpio de las letras, en el lugar desde donde escribe quien sabe que esto de la literatura no es un juego. 


martes, 4 de septiembre de 2012

ENTRE LAS MANOS APRETADAS




2666, y ahí me quedé. Todo lo que ha escrito Roberto Bolaño (Santiago de Chile 1953 – Barcelona 2003), ha sido para llegar a esa novela (lo de antes) o para partir de esa novela (lo de después) hacia otros lugares. Alguien me ha dicho que el estilo de Roberto Bolaño es, precisamente, que carece de estilo, por lo que podemos asegurar que tiene un estilo propio, un universo firme y peculiar, intenso, que lo ha llevado a explorar otras latitudes de la narración. En Amuleto, narra las vicisitudes de Auxilio Lacouture, que, tras quedar encerrada en el baño de la facultad de filosofía y letras durante la ocupación policial de 1968, emprende un camino memorístico que no sólo la lleva a la remembranza del pasado, sino que proyecta, más allá del tiempo presente, un futuro que vislumbra con la misma clarividencia. De ahí que la realidad de su pasado se alce a una especia de vida visionaria, como un dolor que redime.




Su irregularidad narrativa es rápida, vertiginosa, como si fuera saltando entre casualidades, entre retazos de historias sueltas que conforman, a la postre, el núcleo de un texto que recorre parte de la intelectualidad mexicana en un monólogo trepidante y descorazonador, a ratos inconsciente, otras veces hondo y simbólico. La cotidianeidad, la inocencia, el descubrimiento de la propia condición, se van alternando con la vinculación que Auxilio Lacouture tiene con escritores como León Felipe, Pedro Garfias o Arturo Belano, en una suerte de dispareja relación que ocupa un escenario de paisajes nocturnos y ámbitos distantes. Una novela, en resumen, que no defrauda, que muestra la altura literaria de un escritor prematuramente desaparecido y que ha dejado un legado que, a buen seguro, nos irá llenando las papilas gustativas de una buena lectura.