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miércoles, 28 de marzo de 2012

¿PODRÍA USTED, POR FAVOR, DEJARME FRACASAR?



Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948), se encuentra en un universo de la literatura donde pocos han llegado todavía. Con su nueva novela, Aire de Dylan, publicada por Seix Barral, continúa con su ascensión a la cima de la narrativa. Leyendo a Vila-Matas, se tiene la sensación de que se explora un espacio (un abismo) donde la palabra es un motivo de engrandecimiento, donde se ficciona sobre el fracaso y donde, sobre todo, volvemos al triunfo de la literatura. Siempre digo sobre Vila-Matas que aniquila las barreras entre realidad y ficción. Pero ahora añado, para ir más allá, para llegar a ese sendero que él transita magistralmente, que se ha convertido, él mismo, en esa barrera, que es la representación del paso de la novela a ese otro lugar donde Vila-Matas habita y que el resto únicamente empieza a vislumbrar.




Un aire de Dylan, un aire de fracaso. Porque todos fracasan. Fracasa el que lo pretende y fracasa el que no lo había deseado. Y fracasa el propio autor en su decisión de no volver a escribir. Vilvius, el protagonista de la narración, aspira a la individualidad, pasando incluso por encima de su parecido con el Bob Dylan juvenil y, evidentemente, sólo puede aspirar al fracaso, ya que su padre, muerto, le inyecta recuerdos y su propia memoria, convirtiéndolo en otra persona, en un actor que representa a su propio padre. Ante esto, no queda otro recurso, otra manera de aspirar al fracaso, que no hacer nada. Fracasar es tener una idea, sólo una, al día, pero no ponerla en marcha, dejar que envejezca en su vacío, que sea el abismo de su duelo quien la haga fracasar.
Estamos ante una novela compleja, y no por su escritura, fluida y lúcida, como es habitual en el autor, sino por las múltiples interpretaciones que podemos hacer de lo leído. Aunque de una forma distinta a sus otras publicaciones, también encontramos referencias a otros autores, a otras obras, a otras formas de escribir. Probablemente, para quien decida leer a Enrique Vila-Matas, nada será igual en la literatura después de vivir sus páginas.

lunes, 26 de marzo de 2012

EFECTOS DE LA LUZ




Definitivamente, Jean Echenoz (Orange 1947), en un escritor con estilo. Un estilo, además, muy  personal. Con Relámpagos, cierra una trilogía que comenzó con Ravel y Correr. No estamos ante una biografía al uso. Basándose en la vida de Nikola Tesla, Echenoz crea (y recrea) a un personaje memorable, Gregor, que aglutina en su personalidad la genialidad, el carácter difícil y engreído de los genios, pero también la soledad, la absoluta falta de interés en las relaciones humanas, y una capacidad inventiva que es, a la postre, su mayor inconveniente, ya que antepone el flujo incesante de sus ideas a la cara empresarial de sus inventos. Si solemos asimilar la luz, el concepto de luz y claridad, con la felicidad, los buenos momentos, y una desbordadas ganas de vida y, en cambio, la oscuridad con el miedo o la tristeza, estamos ante una paradoja, ya que la luz fue la gran obsesión en la vida de Nikola Tesla (Gregor), y fue en cambio la oscuridad -ese concepto de oscura soledad- la que marcó su vida.




Al cambiar el nombre de Tesla por el de Gregor, Echenoz toma una distancia que le permite jugar con el concepto de realidad y ficción, con una narración trepidante donde se van desintegrando las barreras y los límites entre biografía y literatura. Prescindiendo de todo artificio narrativo, y con un fino sentido del humor, consigue retratar al personaje en su más pura esencia, que no es otra que la de un melancólico perdedor, o bien, esa visión, si se quiere romántica, del perdedor. Así, con ese enfoque elíptico de la realidad, el personaje entra y sale del relato. Se nos muestra a veces como un charlatán de feria, engreído y pagado de sí mismo, y otras, en cambio, presa de las tantas manías que lo encadenaban a su propia persona, como su aversión a las joyas, o su constante obsesión por lavarse las manos. Un relato, en definitiva, que nos muestra en su centenar y medio de páginas el mundo literario de Jean Echenoz.

lunes, 19 de marzo de 2012

UN LIVING EN EL LIVING




Nito nace en Buenos Aires el día que muere Juan Domingo Perón. Ese es el primer contacto que el joven protagonista tiene con la muerte apenas nace al mundo. Tal es el inicio de la novela Los Living, de Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957), con la que ha ganado el Premio Herralde que concede la Editorial Anagrama. Con el trasfondo de la Argentina post peronista y sus vicisitudes, el joven Nito se enfrenta a la misteriosa muerte –desaparición-, de su padre, y luego a la de su abuelo. Eso marca definitivamente su forma de relacionarse con la muerte. Es el tránsito entre un estado y otro lo que obsesiona al joven Nito, la forma en que desaparecen de nuestras vidas, esa tremenda fragilidad sobre la que pendemos. Será su encuentro con el Pastor el que marque y rompa su fragilidad para adentrarse de lleno en la búsqueda de mil formas de morir, aventurándola (la muerte), fabulándola y convirtiéndose en un estado más de ese tránsito impertérrito y sublime.



Con una prosa elegante y enérgica, Caparrós nos arranca sonrisas y nos hiela la respiración en la misma frase, con una intensidad asombrosa y un fraseo que nos permite apostarnos en el centro mismo de la narración, como si fuésemos un personaje más en ese universo estético que el autor argentino ha creado. De su mano, las reflexiones sobre la vida y la muerte son -y no se podría decir mejor-, lapidarias, como una sentencia implacable que nos muestra la marca indeleble que todos llevamos de nacimiento, ese tránsito que, tarde o temprano, tendremos que afrontar y que se nos descubre como una imagen casi romántica al darnos la posibilidad de convertirnos en living.

martes, 6 de marzo de 2012

EL REVÉS DE LOS ARTISTAS



A Javier Cánaves (Palma, 1973), me lo recomendó un amigo. De su mano leí Al sur de todo mapa, Al fin has conseguido que odie el blues y El peso de los puentes, tres muestras de su altura poética y su buen andar por la literatura. Ahora, por la senda de sus versos, me he adentrado en Los Artistas, su nueva novela, donde juega, desde el principio, con la confusión entre realidad y ficción. Es un acierto, que ahonda en ese territorio de la biografía y de una imaginación proverbial, haber escrito el texto en segunda persona, desligándose de una historia que podría, y sólo podría, ser la suya, aunque sepamos, quienes lo hemos leído, que no es así. Explora Cánaves los deseos, la insatisfacción de la existencia misma, y un punto de autodestrucción que Julio Cantallops (J.C., otro juego literario) va poniendo de manifiesto en cada línea del texto. Todo parecido con la realidad es un experimento con la biografía con el objetivo final de crear literatura, como dice el propio autor.



De la íntima distancia que Cánaves toma con la narración, nace pasajes de bella poesía, de reflexión interior sobre la condición humana, y esa sensación de fulgurante deterioro que lleva al protagonista a mentirse continuamente sobre sí mismo, con el miedo a la verdad siempre sobrevolando el tiempo, que es instantaneidad y es también promesa de futuro, ya sea cierto o incierto. Se alimenta la novela de retazos del diario personal de Julio Cantallops, de artículos escritos en la desesperación, y de destellos reveladores que otros hacen sobre su personalidad, y que se van intercalando como apuntes sincrónicos de su vida. El resultado es un relato inquietante, que pregunta más que responde, ya que él, Julio Canallops, tiene cada vez menos cosas que decirse.

viernes, 2 de marzo de 2012

UN VALS, CIUDADES Y NOCTURNO



He leído en varios sitios que la escritura de Sergio Pitol (Puebla, México, 1933) es de difícil lectura. No sé si estoy muy de acuerdo con esta afirmación, ni qué quiere decir exactamente eso de “difícil lectura”. Si por ello entendemos que sus relatos nada tienen que ver, por ejemplo, con los de Raymond Carver – genial, por descontado- podríamos decir que sí. Pero no se trata de eso. En este caso hablamos de Vals de Mefisto, que en su edición original lleva por titulo Nocturno de Bujara. Lo que en los cuatro relatos que forman el libro leemos, es, simplemente, literatura, y eso, en estos tiempos, sí es verdad que puede ser considerado como una lectura difícil.



Pitol juega con el tiempo, que nos muestra con una medida distinta a la que conocemos, y cuenta historias que están dentro de otras historias, así, la trama, siempre es fragmentaria, y por entre la narración subyace un halo de la conciencia del ser humano que se va articulando en torno al flujo de la acción. Y es que Pitol sugiere, nos pone delante una serie de claves para entrar en ese universo de su literatura y constatar, sobre todo, que el propio texto genera la narración. Por otro lado está la ubicación de sus relatos, las ciudades que sirven de escenario a la trama, lo que contribuye en gran medida a la mistificación de lo contado. El contrapunto entre realidad y fantasía, invención y verdad, se genera en la imaginación del autor, que nos adentra en varios niveles narrativos, donde, no siempre, encontramos la salida. Desde un inicio más o menos cierto, o incierto, Pitol nos lleva por un vaivén incesante del lenguaje que nos enfrenta a la trama, ambigua, laberíntica a veces, pero siempre resuelta de forma magistral. Quizás sí que sea en cierto modo una difícil lectura, pero, en cualquier caso, una “difícil lectura” fascinante.