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lunes, 23 de julio de 2012

LAS FORMAS DEL AGUA





Todo en esta novela, Los Nadadores, de Joaquín Pérez Azaústre (Córdoba, 1976), nos lleva a la soledad. Porque la natación es un deporte individual, solitario, donde el agua es un medio de supervivencia personal, al igual que la fotografía, esas fotografías de paisajes solitarios, de instantes donde todo ha ocurrido ya o, por el contrario, donde está por suceder, pero, en cualquier caso, donde late la simbología de un mundo culminante e involuntario. Ese es, en cualquier caso, el escenario de la cotidianeidad de Jonás, un joven que deambula por la urbanidad de una ciudad inconclusa que se va desmoronando con el sonido lento y punzante de las desapariciones.
Con un ritmo donde la natación es un acto repetitivo, a veces sanador, a veces asfixiante, Joaquín Pérez Azaústre utiliza el fraseo largo, el caudal de un lenguaje que lleva en su lentitud la efímera condición de nuestra identidad. Ahonda en esa desesperación, en la inquietante secuencia de los hechos, la cualidad (literaria y estética) de que esas desapariciones que se van produciendo no son investigadas, ni tan siquiera analizadas por el personaje o el escritor, sino que son utilizadas por éste como la inevitable consecuencia de la inconstancia del mundo.



A la formación que presenciamos de Jonás, se une una serie de personajes adyacentes que Joaquín Pérez Azaústre perfila y crea con una escritura precisa, y que administra con apariciones condensadas en la íntima condición de abstraer, al menos por instantes, la realidad de la vida de Jonás.
Un libro, en definitiva, pleno de matices, sutil y minucioso, lleno de ambición y estilo que marca el camino de este joven escritor que ya ha saboreado el reconocimiento en la poesía y que ahora deriva en una novela rotunda y sinuosa. 

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