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miércoles, 4 de marzo de 2015

UN CAFÉ, MÁS DE SESENTA MINUTOS Y UN LIBRO DIABÓLICO

Estoy sentado en un café del centro. El camarero no ha tenido la gentileza –y ya va siendo jodidamente habitual- de traerme el café como se lo he pedido, como lo pido siempre aunque sigan sin hacerme caso: templado. La elevada temperatura, pues, y la irremediable espera a que se enfríe un poco, me proporcionan unos minutos de (como diría Pessoa) vacación  mental. Delante de mí está el libro al que le tengo –sin ninguna justificación plausible- cierta reticencia. Estos son manías mías de lector, que nada tienen que ver con el texto que tengo entre manos. Por delante me queda una hora libre antes de reincorporarme a mis obligaciones, y este desacostumbrado tiempo de asueto o libertad me hace decidirme a echar un vistazo al libro que reposa indolente o expectante junto al café humeante y el paquete de cigarrillos. Se trata de La Constelación del Perro, de Peter Heller (Nueva York, 1959). La portada es realmente seductora, llama la atención pero sin estridencias, no desvela nada pero sugiere: un azul intenso, añil más bien, con pequeños círculos moteando ese sugestivo cielo que ya se nos va adivinando, y una avioneta como un presagio de algo todavía indefinido, oculto, pero vivo al fin y al cabo. Es, en definitiva, un pórtico apropiado para, con lentitud, abrirla y llegar al primer párrafo. La edición de Blackie Books, como siempre, orfebrería editorial.

En pocos minutos he llegado a la cuarta o quinta página y noto de repente como me he ajenado a todo el tráfago incesante de personas que llenan la calle. Ha sido, pienso en ese instante, como un letargo del tiempo, como si realmente yo hubiera estado en otra esfera temporal distinta al resto del mundo –esto es ya, es sí mismo, un síntoma de la propia novela-. Siento, como algo ciertamente físico, que he estado volando en La Bestia, la vieja avioneta Cessna que Big Hig utiliza para sobrevolar el perímetro de seguridad de su refugio en Erie, junto a su viejo perro Jasper, mientras Bangley, su (único) vecino, violento y desconfiado y fanático de las armas, mantiene en perfecto estado de funcionamiento su arsenal. Es extraño, pienso mientras enciendo el segundo o tercer cigarrillo (no sé si esto debería escribirlo pixelado), que haya entrado tan abruptamente en la historia. En estas pocas páginas se han definitivamente volatilizado las iniciales – e injustificadas- reservas que albergaba sobre la novela.





En estas todavía pocas páginas ya he descubierto el primer acierto del escritor neoyorquino, a saber, presentarnos la acción en un futuro cercano. Tan cercano que todos nos reconocemos vivos aún en esos años. Tal vez diez, o quince años, no más, y no, como cabría esperar de una narración postapocalíptica, pongamos por ejemplo, en el año 2666, que a todos nos importaría, por decirlo a las claras, un puñetero bledo. Como ya habréis adivinado –tal y como yo lo iba adivinando en esas primeras páginas-, el mundo que Peter Heller nos presenta es una distopía, un lugar arrasado por un virus que ha matado al 99% de la población mundial y que ha dejado a los pocos supervivientes con una enfermedad de la sangre, altamente contagiosa y en cualquier caso mortal. Sólo unos pocos –tal vez únicamente Big Hig y el armamentístico Bangley-, sean los únicos libres de toda infección. Una suerte que hay que agradecer a la genética, suponen.
Mientras he ido avanzando en la lectura, absorto, enmimismado, frenético, he comprobado que el café se ha quedado helado y el camarero fija una mirada inquisidora en mi nuca, resuelto a hacerme saber que tenía razón al ponerme el café hirviendo y que mis protestas –leves, mínimas en cualquier caso-, podría habérmelas ahorrado. No entro en esa dinámica de que el cliente siempre tiene razón. Tal vez porque esta vez eso no es verdad. Lo que sí hago es volver a sumergirme en el texto para constatar algo que se intuye desde el principio: que Jasper, el fiel compañero de Big Hig, morirá. Y muere, claro. Pero no cuando lo suponemos; no cuando el texto parece avanzar irrevocable hacía ese desenlace, sino como suceden las cosas en la vida real, es decir, cuando tienen que pasar y no en cambio cuando nosotros lo deseamos. A partir de esa dolorosa pérdida, el relato toma un ritmo vertiginoso, que no acelerado, y Big Hig, como si esa muerte fuese especial –en verdad lo es-, entre tantas muertes, decide explorar en su Cessna el territorio fuera de su refugio. Entonces todo, como he dicho, todo se precipita, y el bueno de Big Hig, con la gasolina sólo para el viaje de ida, encuentra a otros dos supervivientes, libres, como él, de cualquier rastro de la enfermedad de la sangre. Un padre y una hija. Seres humanos en definitiva que, como él mismo y Bangley, luchan por seguir pareciendo civilizados en un mundo hostil y cruento.
Sé que me dejo demasiadas cosas por decir de esta novela, pero, como yo mismo hice, creo que cada cual debe ir descubriéndolas, leer esa otra lectura que subyace bajo la narración, esa continua declaración de principios que recorre toda novela.
Me di cuenta de repente que hacía bastante tiempo que había terminado mi hora vacacional, pero como supuse inútil cualquier forma de justificación por mi parte, dejé ese contratiempo para el día siguiente. Decidí dejar el coche aparcado y caminar hasta mi casa, leyendo mientras andaba por la calle, tal y como lo hace el escritor Cristóbal Puebla. Tras unos minutos, observé una sombra que se proyectaba en el suelo unos metros delante de mí, estática, casi paralizada, mirando obsesivamente mi figura. Lentamente me acerqué al hombre circunspecto dueño de aquella sombra y, posándole las manos amistosamente en los hombros, le dije: lea esta novela, señor. No deje de hacerlo, por favor. 

miércoles, 20 de noviembre de 2013

EN VIVO Y EN DIRECTO




Hace ya algún tiempo que tomé una decisión con respecto a las entrevistas que me hicieran en televisión: tendrían que ser en directo. Con esto consigo varias cosas. En primer lugar, y más importante, no verme. La mayoría de las veces no me reconozco en ese tipo que intenta ser original e ingenioso, aunque ya suelo tener preparadas las respuestas, no en vano casi siempre las preguntas son similares. Excepto cuando algún entrevistador pretende ser (él y no yo) ingenioso y original, y te sale con una pregunta del tipo ¿Te gustan los zoológicos?. ¡¡¡¡Joder!!!!!, qué hace alguien como yo ante ese tipo de preguntas. Son una trampa. Respondas lo que respondas quedarás mal, tu respuesta será vista como una soberana gilipollez. En segundo lugar minimizo daños, es decir, evito que se hagan cortes, montajes, que una frase dicha por mí sea sacada de contexto y me haga quedar, si eso es ya posible, en peor lugar. También evito que amigos, familiares, conocidos y enemigos de toda clase y calaña, me llamen por teléfono para comentarme mi actuación, para hacer sangre o para alabar lo inalabable. En definitiva, que cada vez hago menos entrevistas televisivas, por dos razones. Porque pongo tantas pegas que se dan por vencidos y me dicen, invariablemente, que sí, que ya me llamarán para confirmar el día, cosa que nunca sucede. Y en segundo lugar, y más importante, porque ya ni siquiera me llaman, porque no soy tan importante, ni tan relevante, ni tan siquiera tan buen escritor como para que tenga un público interesado en mis cosas. Y yo estoy de acuerdo con ellos, tienen toda la razón. La cosa cambia (y ahí no parto peras con nadie), cuando de leer se trata. Pero eso es otro asunto.





Y traigo todo esto a colación porque eso mismo es lo que hace Henri Chassaing. Irse a la guerra para salir por televisión en directo (está en Argelia) y ahorrarse todo el dramatismo que esa escena provoca en su familia, especialmente en su madre.

Tras el desafortunado titulo de Al envejecer, los hombres lloran (esto es una apreciación tremendamente particular), se encuentra una novela excepcional de Jean-Luc Seigle, autor inédito hasta ahora en castellano. La novela transcurre en un único día, el 9 de julio de 1961, cuando toda la familia Chassaing (cada uno a su forma, cada uno como sabe) se prepara para la llegada del primer aparato de televisión. Con la llegada del electrodoméstico, cambian en sus vidas más cosas que las meramente aparentes: Suzanne, la madre, por fin, podrá ver a su hijo Henri, destinado en la guerra de Argelia. El hermano menor, Guilles, encuentra a alguien con quien compartir su desaforada afición por la lectura. Y Albert Chassaing, el padre, da con la clave que lo redimirá de su mediocre vida. Seigle eleva a rutilante literatura la cotidianeidad, la vida diaria de una familia modesta. El fin de una época, el adulterio, los miedos y las esperanzas, la incapacidad para mostrar los sentimiento, la vergüenza de la línea Maginot, un mundo que se desmorona…, todo esto se convierte en el universo literario de Juan-Luc Seigle, grande y original, a quien estoy seguro de que leeremos próximamente en nuevas apariciones de su obra. Por si todo esto fuera poco, el traductor es Adolfo García Ortega, de quien un servidor lee hasta la lista de la compra. 

miércoles, 13 de noviembre de 2013

LA SILLA DE PESSOA




Recuerdo una tarde en Lisboa. Una tarde fría y melancólica de enero, con un cielo encapotado que acentuaba la grisura milenaria de Lisboa. Bajaba por la Rua Da Prata camino del café Martinho do Arcada, buscando la silla donde Pessoa se sentaba, solo y solitario, a beberse uno de sus vasos de aguardiente o ginjinha -ese licor hecho a base de guindas y aguardiente (ahí mezclaba Pessoa, de una vez, sus dos bebidas), rico y dulzón, pero tremendamente peligroso para aquellos que no están habituados a su consumo-. Yo no pretendía sentarme en la silla de Pessoa como lo haría cualquier turista. Lo que yo quería era comprar la silla, llevármela a casa y, además, estaba dispuesto a creerme que la silla de Pessoa sería aquella que el dueño del local me indicara (esto no lo aprovechó Joao Guimarras). Yo no haría preguntas. Eso iba pensado por la Rua da Prata cuando una lluvia inclemente descargó de pronto, sin aviso, sin una justificación. El cielo, aunque nubarroso, no hacía presagiar esa lluvia inmisericorde, ese aguacero torrencial que hacía resbalosas y temerarias las aceras empedradas. Los dueños de esos negocios que montan en la puerta sus tenderetes de postales y recuerdos para turistas se afanaban en recoger la mercadería, en poner a salvo imanes, llaveros, postales y camisetas de todo tipo. En el bolsillo del abrigo, a buen resguardo de la lluvia, estaba Casa de Misericordia, de Joan Margarit. (Yo pensaba que sentarme en el café Martinho do Arcada con un libro de Pessoa sería algo así como presentarme directamente al juicio final con una lista de mis pecados). Una vez sentado fue cuando aprecié la verdadera dimensión de aquella lluvia. Una vez sentado, a salvo del agua, fue cuando empecé a disfrutar de la lluvia.







Y todo esto me acude a la memoria porque ahora me ha cogido otro aguacero, otra lluvia igual a aquella pero distinta. Si de aquella me resguardé, si encaminé mis pasos a la protección del café Martinho do Arcada, bajo esta otra lluvia he permanecido a la intemperie, me he dejado mojar con la plena consciencia de que este agua (a diferencia de aquella) sería un manantial de alegría. Y no me he equivocado. Antonio Rivero Taravillo (Melilla [Sevilla], 1963), regresa a su producción literaria con este magistral poemario, La Lluvia, donde nos enseña sin mostrarnos, donde nos muestra sin enseñarnos. Todo un alarde de lírica. Unos versos que nos llegan así, desde lo arriba, igual que lluvia, que es impulso y es instante, pero que es también memoria, y es lenguaje y es melancolía. Si alguna vez habéis pensado que la cotidianeidad de la vida se diluye (como el agua de la lluvia, como una lágrima) en el inclemente paso del tiempo, entonces Antonio Rivero Taravillo os mostrará otra realidad, una realidad que él habita con el privilegio de quien es dueño de una palabra y de una poesía verdadera y estética. Los versos de este poemario emocionan, evocan, nos envuelve en una sustancial esencia que no es sino una invitación al descubrimiento, a celebrar la vida como una lluvia sugeridora de elementos literarios. Cierren, pues, el paraguas, abran (de ese modo casi imperceptible) este magnifico poemario, y dejen la seguridad de los aleros y los soportales para aquellos que no están dispuestos de mojarse bajo una lluvia de poesía.
Ahora me quedo con el libro, con La Lluvia, entre las manos, memorando aquella tarde lisboeta y, aunque Antonio todavía no lo sabe, llevo tiempo planeando un viaje a Lisboa juntos.

jueves, 7 de febrero de 2013

ESPERA, QUE ME VOY





Cuidado con esta novela, Caída y auge de Reginald Perrin, ya que estamos ante el peligro de obviar todo lo que encierran sus páginas. Si con ella su autor, David Nobbs (Orpington, Kent, 1935), consiguió una notoria fama, no es menos cierto que ese humor inglés al que David Nobbs recurre, no debe ocular el trasfondo de esta excelente novela. Esta es la primera entrega de una trilogía protagonizada por Reginald Perrin, un mediocre empleado de la empresa Postres Lucisol, que un día decide romper con todo, fingir su suicidio, y empezar en otro lugar. Como digo, que todo el confeti humorístico en torno a esta obra, no nos deje a medio camino. En el Reino Unido, una serie televisiva de bastante existo se ocupó de llevar a la pequeña pantalla esta trilogía.




Como digo, y perdón por la insistencia, que nadie se quede en esa primera impresión. Bajo esa capa de humor socarrón y algunas veces irreverente, de esos tópicos surrealistas, encontramos una feroz crítica del sistema, una sutil ironía propia de los grandes escritores. Por eso, debemos ver (leer) en este texto una crónica de la vida cotidiana y social de la época. El acierto de David Nobbs es rodear de humor lo que no es sino una tragedia, la de Reginald Perrin, encerrado en una vida insatisfactoria, encorsetado por unas normas hipócritas y superficiales que lo llevan ante el planteamiento decisivo de su vida, a saber, arriesgarlo todo por su propia libertad. Romper con la mediocridad y el conformismo, fingirse muerto, desaparecido, libre.
David Nobbs es un escritor inteligente y perspicaz, elegante en su palabra y despiadado cuando ha de serlo. Un nuevo acierto de la Editorial Impedienta, a la que ya habría que ir reconociendo su labor de pulcritud y calidad en los títulos que edita.

martes, 5 de febrero de 2013

LA CHICA DEL LUGAR






Lo que hace en cada libro Patrick Modiano (Boulogne-Billancourt, 1945), es crear un ambiente a la manera de un escenario teatral. Antes de empezar a narrar la historia, nos enseña los lugares por donde discurrirá. Pero además, cuida la iluminación, los olores, la tenuicidad de cada color, los matices de un sofá algo deshilachado por el tiempo y el uso. En esta ocasión hablamos de su novela En el Café de la Juventud Perdida, donde empieza describiendo el café Le Condé desde la visión de un narrador del que jamñas conoceremos su nombre. Allí se reúnen los bohemios, poetas, estudiantes y toda esa fauna parisiense que tantas líneas ha llenado.
Y en ese ambiente, en esa sutil neblina en que Modiano nos envuelve, está Louki, una joven misteriosa que nos es presentada a través de los ojos de varios personajes, pero a la que acabamos conociendo por suposiciones, ya que en realidad nadie nunca profundizó en ella, no, al menos, de esa forma tan compleja como para no dejar ver únicamente la grisura de la existencia. En el Paris de los años 60, Louki encarna la nostalgia, el misterio, ese amor novelesco y confuso que sorprende. Y después de todo eso, cuando empezamos a querer a Louki de esa forma esquemática en que nos la presenta, llega el capitulo en que es ella misma quien toma el mando de la narración, y nos cuenta que es una joven sin raíces, que ha decidido romper con una parte de su vida, y que pretende encontrarse en medio de ese mundo que se ahoga.




Así es Patrick Modiano y así es su escritura, bella por encima de todo, compleja en su perfección, en esa manera que tiene de poner las palabras al servicio de un seductor recorrido por la alta literatura. La construcción de los personajes, los admirables monólogos con que ellos mismos van cincelando su personalidad, son de un virtuosismo tan absoluto, que es extraño que aún no tenga el Nobel.